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Quería escribir una aventura y conocía el lugar
más bello de la Argentina para narrarla; había
estado en Calafate de adolescente un año después
del último rompimiento del glaciar, y nueve años más
tarde aún conservaba en mis entrañas el sobrecogimiento
de aquél azul profundo y sus milenarios quejidos. No podía
haber dudas; no había mejor lugar para relatar una historia
que susurrada entre los hielos; pero, ¿qué historia?
¿qué podía contar que estuviera a la altura
de tanta belleza? (sigue...)
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